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7/09/2009

Fin de





Hay “momentos de vida intensamente colectiva” (1) en la historia de los pueblos que definen rumbos o abren perspectivas diferenciadas para el derrotero de un país. Entre los primeros (definen rumbos) se encuentran los momentos constituyentes, tales como 1810, 1816, 1853, 1880 (2) entre los más emblemáticos del Siglo XIX, en los cuales podemos encontrar las claves de la construcción del Estado capitalista y la consolidación de una clase dirigente para darle rumbo a la formación de la sociedad capitalista argentina en la división internacional del trabajo de época.

Entre los segundos (abren perspectivas) debemos indagar en los intersticios temporales de esas fechas la lucha entre fracciones políticas e intereses económicos para definir caminos alternativos de organización económica social para la sociedad. Remitimos a los distintos proyectos en disputa en cada uno de esos momentos constituyentes. Es una hipótesis para analizar en la historiografía argentina entre 1880 y la actualidad, entre los momentos “constituyentes” de época y los procesos de lucha de clases previos y posteriores a la consolidación de un orden social y sus ciclos económicos y políticos.

Pretendemos inscribir estas reflexiones considerando al proceso electoral como un “momento de vida intensamente colectivo” en el cual se procesan diferentes iniciativa y proyectos, incluso más allá de los resultados, porque existen fenómenos menos visibles que pueden proyectarse en el corto y mediano plazo como parte de una acumulación de contrapoder y emancipación.

El acto electoral significó una movilización social que pone en tensión los distintos intereses en pugna, para consolidar y constituir el país neoliberal o para luchar por la emancipación social.
En este sentido, hemos insistido en anteriores escritos que el 2001 constituyó el cierre del ciclo que habilitó la reestructuración regresiva del capitalismo en Argentina desde 1975/6 hasta la rebelión popular.

Desde entonces se habilitó la construcción de un nuevo tiempo en el marco de expectativas y luchas entre las clases dominantes y las subalternas, pero también entre fracciones del poder económico y diferentes construcciones de representación política que actúan sobre los restos de otrora fuertes identidades políticas de raigambre popular en el Siglo XX: el radicalismo y el peronismo.

El comentario también se hace extensivo a las clases subalternas y la fragmentación de sus luchas y organizaciones sociales y políticas, como de los intentos de construir representaciones políticas electorales y de construcción de poder en la vida cotidiana.


Las elecciones legislativas del 28 de junio del 2009 deben inscribirse dentro del ciclo en disputa habilitado por la pueblada del 2001. Lo que está en discusión es la constitución de un bloque en el poder que defina la época de nuestro presente histórico. Lecturas sobre el 28 de junio Apuntamos entonces a señalar que las elecciones legislativas de medio tiempo en junio de 2009 y su resultado son expresión de un momento de acción política colectiva que apunta al cierre de un ciclo político y que reabre otro con características propias.

Es un momento de la disputa por constituir un orden que consolide los cambios estructurales promovidos por las políticas de cuño neoliberal, o que habilite cambios políticos profundos, en sintonía con otros procesos en curso en la región latinoamericana y caribeña.


¿Cuál ciclo se cierra? Aquel que se inició en 2002/03 con la emergencia del kirchnerismo para instalar la normalidad en el capitalismo local. Una normalidad que había sido obstaculizada por la rebelión popular del 2001 y toda la acumulación de fuerza popular construida en la resistencia a las políticas de ajuste estructural de corte neoliberal.

Es un ciclo que incluye la fractura de las representaciones políticas tradicionales. Recordemos que el peronismo se presenta en tres formulas a las elecciones del 2003 y lo propio ocurre con el radicalismo y su diáspora, expresando el fenómeno de crisis de los partidos tradicionales. Es una situación que involucra al conjunto de las representaciones políticas. Pero, más allá de lo superestructural (institucional), se pretendió construir una alianza entre empresarios y trabajadores que diera sustento social a un proyecto de mediano y largo alcance, privilegiando en ese sentido a la Unión Industrial Argentina (UIA) y a la Confederación General del Trabajo (CGT). Pese a algunos guiños hacia sectores pequeños y medianos de la economía y a la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), el núcleo de la alianza para la reconstrucción del capitalismo nacional estaba en la articulación de la UIA y la CGT.

En ese sentido se privilegiaba la expresión “modelo productivo” para definir la orientación principal de la política económica en el periodo.
¿Cuál ciclo se reabre? Aquel que en la rebelión popular puso de manifiesto la crisis política en la Argentina, que incluye a la derecha, a la izquierda y al centro. Las elecciones recientes pueden considerarse como el lanzamiento de una interna para definir las próximas candidaturas presidenciales.

Hay que registrar que la derecha tiene dificultades para instalar una representación política adecuada a los cambios estructurales promovidos bajo la hegemonía de las políticas neoliberales. Es un tema abierto y son variadas las ofertas que emergen en el periodo 2001-2009 y que nuevamente se pondrán en juego hacia el 2011.

La reflexión es valida y extensiva para la izquierda, desafiada a construir poder popular y representación bajo las nuevas condiciones de reestructuración social derivadas de la precariedad laboral, el creciente desempleo en el largo periodo de la regresión neoliberal y que incluye los impactos subjetivos desmovilizadores y desorganizadores entre las clases subalternas, principalmente entre los trabajadores.

El análisis debe incluir a variadas manifestaciones moderadas, o variantes centristas de “lo posible” cuyos tímidos avances y propuestas políticas culminan en fracasos gubernamentales que hipotecan buena parte del programa y las aspiraciones de transformación social para habilitar “salidas” por derecha. Claro ejemplo de ello puede estudiarse para el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, en el traspaso de la gestión de Ibarra a Macri y es la hipótesis que supone la derecha para la renovación presidencial del 2011.

Con el fracaso del posibilismo en el gobierno se malversan iniciativas, propuestas y reivindicaciones sostenidas por el movimiento popular que se deterioran junto al desgaste de los gobiernos.
Pero cuando decimos que se reabre un ciclo con características propias, aludimos a la distancia que presenta la situación política actual con relación a la que se manifestaba en torno del 2001, con movilizaciones y organizaciones diversas en el movimiento popular, más allá de la fragmentación e imposibilidad (luego demostrada) de construir alternativa política.

La situación actual presenta procesos de búsquedas y articulación de experiencias que transitaron caminos propios de construcción de alternativa política, algunos de los cuales avanzaron con autonomía del Estado, y otros bajo la orientación o en alianza con los gobiernos de Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández (2007). Son dinámicas con temporalidades diferenciadas, ya que algunos movimientos o partidos se sumaron al comienzo del proceso, desertando algunos en el camino por variadas razones, y otros, definieron su alianza o incorporación al proyecto oficial sobre el final del ciclo.


El fenómeno del kirchnerismo atravesó la organicidad del movimiento popular, en el sentido de fracturar políticamente, e incluso orgánicamente, organizaciones sociales y políticas, generando un debate donde la línea divisoria parecía pasar por el apoyo o la crítica al gobierno. Se desviaba así el eje entre la construcción de un proyecto liberador alternativo al programa del capital.


Otra de las especificidades del momento deviene de la mutación de una crisis económica con radicación, esencialmente local en 2001, a otra de afectación mundial desde el 2007, muy profunda y que aún no encuentra el piso para una recesión con graves impactos sociales en los sectores más vulnerables. La desaceleración de la economía Argentina es una realidad y si la tasa de crecimiento entre 2003 y 2008 reconoce índices promedio del 8,5% acumulativo anual, resulta una incógnita pronosticar el indicador del 2009, oscilando en valores del 3 al 4 % según las autoridades y negativa del 1,5% para el FMI, ó 3% marcado por The Economist de comienzos de mayo.

El ciclo político construido entre 2003 y 2008 tuvo el marco del crecimiento de la economía mundial y una política económica local de inserción virtuosa en la demanda mundial, principalmente de alimentos. La salida a la crisis del 2001 encontró una situación internacional propicia para encarar la disputa del consenso social al proyecto de gobierno. En la actualidad se avizora un ciclo de recesión e inflación de la economía mundial que condiciona las políticas nacionales, no solo de Argentina.
Está claro que el principal impacto de la crisis golpea a las clases subalternas, con desempleo, informalidad, precarización laboral, carestía de la vida y mantenimiento de vastos sectores fuera del mercado de trabajo.

Pero también es cierto que el tema golpea la elevada tasa de ganancia del capital más concentrado y la gigantesca masa de ganancia lograda en el ciclo de ascenso de la economía. Esas dificultades para la acumulación devienen en cierres de empresas, temporarios o totales; suspensiones, rotaciones, o cesantías del personal; y toda forma de defensa de la rentabilidad del capital por encima del mantenimiento de la fuerza laboral, aún con enormes subsidios gubernamentales para evitar perdida de empleo.
En la reapertura de la crisis de la política y de la economía capitalista local y global es que deben buscarse las causas del fin de ciclo kirchnerista.

Renta agraria, conflicto y comienzo del fin Pocos imaginaban este escenario a comienzo del 2008, luego de la prueba superada de la elección presidencial en octubre del 2007, con duplicación de votos respecto del 2003 para la fuerza gubernamental, y una crisis de la economía mundial iniciada para agosto del 2007 y que parecía no afectar seriamente las condiciones de funcionamiento de la economía local. La enorme acumulación de ganancias actuaba todavía como colchón de seguridad para el capital, hasta la evidencia de la crisis con desaceleración y eventual recesión que empezó a pronosticarse luego en el 2008 ante la continuidad y agravamiento de los problemas en el capitalismo desarrollado.

Además, el Estado había acumulado con su política fiscal, monetaria, comercial y financiera unos sólidos fundamentos económicos para el standard internacional y regional, sumando a ello el aislamiento relativo argentino respecto de la burbuja financiera internacional en crisis. Esto era producto de la cesación de pagos del 2001 y la renegociación inconclusa del 2005 con airados reclamos de acreedores desconformes entre inversores particulares (holdout) por unos 20.000 millones de dólares y acreedores gubernamentales (Club de París) por casi 7.000 millones de dólares que excluían al país del mercado de crédito mundial, salvo la cooperación brindada por el gobierno de Venezuela.


En esas condiciones y con el último estertor de la suba de precios de los comodities durante el primer semestre del 2008 se habilitó la disputa por la renta del suelo entre distintas franjas del capital y el estado capitalista. Solo en ese marco de conflictividad el gobierno fue modificando su discurso para fundamentar un propósito de redistribución progresiva del ingreso que no se había verificado en el ciclo anterior de crecimiento, tal como lo señalan recientes estudios universitarios. (3)

A esos reclamos de la burguesía agraria se incorporaron luego las demandas de la gran burguesía industrial ante la evidente caída de las ventas producto de una desaceleración que restringía el mercado interno, y claramente se expresaba en la tendencia a la disminución de las importaciones industriales, lo que curiosamente elevó el saldo comercial por unas exportaciones motorizadas nuevamente, ya en el 2009, por el alza de los precios internacionales de los alimentos.

El bloque de poder económico que había sostenido el ciclo político inaugurado por Rodríguez Saá con el default, y Duhalde con la devaluación, entró en crisis ante las dificultades para la valorización de sus capitales y puede sintetizarse en la demanda por nuevas devaluaciones para mejorar la competitividad de la producción local.


La burguesía hegemónica en tiempos de bonanza de la convertibilidad había cerrado filas en el plan de Menem y Cavallo para abandonar luego esas lealtades políticas ante la recesión prolongada entre 1998 y 2002. La reanimación del ciclo de negocios fue preparada por el default temporario, que liberó recursos públicos por un tiempo importante, incluso hasta el presente; y por la devaluación que otorgó funcionalidad a la previa inversión de capital fijo para la producción favorecida por el dólar barato de la década anterior.

Las clases dominantes no dudaron en apostar al nuevo ciclo de relanzamiento de la economía local y hasta se pensó en la recreación del mito de un país productivo sostenido en la alianza política entre burgueses y trabajadores.


Como muy bien demuestra el trabajo de la CTA sobre la presencia del capital externo en la cúpula empresaria de la Argentina entre 1997 y 2007 (4), la burguesía hegemónica está compuesta mayoritariamente por el capital externo en el marco de la transnacionalización creciente de la economía mundial. Situación que no es ajena en la estructura de la propiedad capitalista local. Esa burguesía ya no tiene interés “nacional” más que el que le permite apropiar una parte de la ganancia global por sus operaciones en territorio argentino, o aquellas facilitadas por las alianzas interestatales del gobierno local.

Para ser más claro remito a Techint, considerada en su momento parte del bloque económico progubernamental y que expandió sus negocios, entre otros lugares en América Latina, favorecido por un clima de sintonía entre gobiernos críticos al neoliberalismo en la primera década del Siglo XXI. Alianza que se sostuvo en la práctica hasta las estatizaciones venezolanas que afectaron al grupo de la familia Rocca y donde la empresa presionó para lograr que “su estado nacional” actúe como negociador de los intereses propios. La cúpula empresaria se mostró solidaria con el grupo Techint y reabrió la discusión, temporalmente escamoteada, entre lo público y lo privado como forma de organización económica.

El tema se coló en la campaña electoral mostrando las fisuras entre los sectores más concentrados del poder económico y el gobierno.
Fueron manifestaciones que expresaban el fin del consenso de las clases dominantes al gobierno. Es un proceso desarrollado en un año y que habilitó una búsqueda de nuevo comando a la administración del ciclo económico y político.

Ese es el marco estructural para el adelantamiento de las elecciones de octubre a junio. Se planteó como una carrera para limitar la perdida del consenso político al gobierno.
Atrás había quedado la ilusión de la reconstrucción del capitalismo nacional formulada en los comienzos de la gestión en mayo del 2003 y el instrumento político pensado para ese emprendimiento, la transversalidad, que tanto entusiasmó a sectores afirmados en la necesidad de habilitar un nuevo proyecto político superador de la crisis de los partidos tradicionales del sistema, el radicalismo y el peronismo.

Pero también quedó en el recuerdo la adecuación de la propuesta a la concertación con los disidentes radicales ante la fractura política del gobierno con la defección del vicepresidente en julio del 2008. Las propuestas de renovación de la política se cerraron con la búsqueda de consenso y disputa política desde el Partido Justicialista y su burocracia, más allá de alianzas electorales que simulan transversalidad o concertaciones políticas de último momento.

Esa es la situación y el momento de las candidaturas testimoniales, para poner toda la carne en el asador, especialmente en el mayor distrito electoral, la Provincia de Buenos Aires.
Campaña electoral y resultados

Notas:
1) Antonio Gramsci titula su texto “Momentos de vida intensamente colectiva y unitaria en el desarrollo nacional del pueblo italiano” (página 174). En El Risorgimento, traducción y notas de Guillermo David, editorial Las Cuarenta, 2008, Buenos Aires
2) Entre la revolución de mayo de 1810 y la federalización de la Argentina en 1880 se constituye el Estado Nacional contemporáneo y se define a la oligarquía terrateniente como clase dominante para la construcción de un capitalismo insertado en el sistema mundial hegemonizado por Inglaterra.
3) Javier Lindemboin y otros, en Documentos de Trabajo del CEPED. En http://www.econ.uba.ar/www/institutos/economia/Ceped/publicaciones.htm
4) Claudio Lozano y otros, en Informe sobre las transformaciones en la cúpula empresaria, mayo del 2009, del Instituto de Estudios y Formación de la CTA.

Julio Gambina es Profesor Titular de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario. Presidente de la Fundación de investigaciones Sociales y Políticas, FISYP. Integrante del Comité Directivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO.

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